La Lola

Hoy he visto a la Lola. Iba por la calle estampándose el sol contra su negro pelo. bamboleando las caderas como si le fuese la vida en ello y con una sonrisa picarona que dejaba entrever el hueco de sus dientes, su silbato particular...la Lola es Lola porque un hada madrina asi lo quiso, porque un ojo sabio vió en ella el brillo especial, el gesto mundano que esconde cualquier personaje salido de un cuento; y ella, la Lola, tan orgullosa, con el cigarro en la boca y la barba perfectamente desaliñada, saca su monederito negro de resplandecientes bolas y paga su segunda cerveza...

La invasión

Hace poco viajando en tren me tocó en suerte como compañero un niño de unos 8 o 10 años del que tuve que huir por culpa de un extraño fenómeno que calificaría de "confrontación de mundos imaginarios".
Ya desde el momento que llegué al vagón y me senté (en el lado del pasillo, todo hay que decirlo, no se de que manera aquel renacuajo se hizo con la ventanilla....) sentí como mi espalda se crujía en un respingo al ver aquella pequeña cabeza toda llena de ojos examinándome de arriba abajo (bueno, mejor dicho de abajo a arriba, que él diminuto duendecillo ya estaba sentado). Fue en ese preciso momento, cuando todos los ojos de nuestras caras se cruzaron, que me dí cuenta de lo difícil que sería el trayecto.
En fin, aspiré hondo, me senté (lanzado un leve resoplido que movió los pelos flequilleros del enano) y saqué con presteza el libro de turno de mi bolso, La Peste para ser exactos. Fue ponerme a leer y comprender la inutilidad de mi hazaña, pues aquel pequeño e incauto vecino mio se había puesto a jugar con no se que especie de chisme, que le servía de nave espacial... la misma que empezó a cargarse las ratas de mi libro. Fui invadida de súbito por un ejercito de seres mutantes, toda la ciudad de Orán tuvo que ponerse a cubierto y no fui capaz ni de meterle un dedo en el ojo a un ogro feísimo y con barba que perseguía a mi protagonista, el doctor Rieux... un desastre vamos. En fin, como dije al principio, ante semejante espectáculo tuve que huir, concretamente a la cafetería del tren, dónde reflexioné acerca de la humillación de mi derrota. Finalmente, y tras una cerveza, volví resuelta a enfrentarme con la gallina que llevo dentro, asi que volví a sentarme, clavé todos los ojos de mi cara en los del churumbel y con un bufido maléfico le saqué la lengua con todas mis ganas a modo de sortilegio, dejandolo a él y a su patético mundillo de fantasia contra las cuerdas... la pequeña criturilla, pasmado, pero mucho más astuto de lo que temía, me miró con ojos de cordero degollado (con todos los de su cara) y preguntó si quería un petazetas...